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Historias de Entre Rios
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  Documentación
Relevante
   


 

Cámara de Diputados -  Sesión del 13 de agosto de 1897

OPOSICIÓN A LA ERECCIÓN EN BUENOS AIRES DE LA

ESTATUA A GARIBALDI

Sr. Presidente. - Tiene la palabra el señor diputado por Salta.

S
r. Gómez (Indalecio). - Señor presidente: en muy diversas circunstancias de
aquellas en que la pedí me es dado usarla. En las polémicas parlamentarias
las circunstancias de oportunidad son algunas veces decisivas. El experimentado

sabe aprovechar de ellas y ésta es una ventaja para su causa de que no debe ser

privado. Cuando pedí la palabra resonaban aún los ecos del discurso del diputado

preopinante; él había determinado la temperatura de la polémica; el ambiente era

propicio a la réplica; la Cámara y yo teníamos la visión común de los puntos

vulnerables; el blanco era grande; yo sentí como si se me invitase a tirar; si hubiera

tirado, por cierto que habría pegado; y una sola frase habría bastado para dar al

traste con las hipérboles garibaldinas.

 

Pero ahora el ambiente se ha enfriado; el blanco se ha esfumado y ya no es
adecuada la réplica que concebí. Me encuentro, pues, en la necesidad de
adoptar en el acto una nueva táctica; y como por respeto a la Cámara no
puedo limitarme a rebatir el discurso del señor diputado, habré de ocuparme
de Garibaldi exclusivamente, lo que habría deseado evitar. ¡Pues es nada
hablar de Garibaldi en las circunstancias actuales en el Parlamento Argentino!
¡Pues es nada bosquejar su retrato y revelar la psicología de ese supuesto
héroe! Hacerlo en una Cámara parece cosa fuera de lugar. Sin embargo, tal
es la necesidad en que me encuentro por un cambio de circunstancias
parlamentarias.

No me son desconocidos los estudios históricos; y desde hace muchos años,
recorriendo el gran escenario de la historia contemporánea, he tropezado
accidentalmente con el nombre de Garibaldi en esferas subalternas. ¡Quién
había de decirme entonces que llegaría un momento en que oiría la noticia
de que Garibaldi fue gran hombre! Precisado inexcusablemente por estas
exageraciones y por las provocaciones a debate que ha lanzado el señor
diputado, me veo en el caso de improvisar, casi, un juicio histórico sobre
este personaje que jamás encontré sujeto sui juris en la Historia, sino
colaborador instrumental de empresas por otros ideadas, por otros

dirigidas. Permítame la Cámara, que haciendo un esfuerzo de memoria,

procure trazar la carrera de este hombre desde el momento en que ponía

pie en los caminos de la notoriedad.

¿Qué fue Garibaldi? A mi juicio no una alma misteriosa, como decía el

señor diputado por Santiago del Estero, sino un hombre simple que se

puede definir fácilmente. Su temperamento excesivo y revoltoso y turbulento

le impelía a actitudes extremas, que en su prurito de vanidosa ostentación

asumía con jactancia, y a las cuales su inconsciencia prestaba un descoco

ufano, adecuado para impresionar al vulgo. Él conocía bien el vulgo y con él

se identificó para brillar sobre él y dominarle; y en reciprocidad fue el elegido
del vulgo, que ama al que le subyuga y logra poner de relieve sus atributos;
de donde ha resultado un conato de recíproco endiosamiento: del vulgo por
Garibaldi, de Garibaldi por el vulgo.

Es sabido p
or noción instintiva que a las muchedumbres incultas se las

atrae por la sensación y que se las subyuga por la persistencia de las

sensaciones que las complacen. Garibaldi tenía una figura simpática

y atrayente, don enteramente físico. Él lo sabía.  ¿De qué medio valerse

para llamar constantemente la atención sobre su figura que predisponía

en favor suyo? Pues del más simple, del menos inteligente: del traje.

"En Montevideo", dice el general Mitre, en el escrito que ha citado el diputado

por la Capital, "su traje era una levita azul sin ninguna insignia, de cuello militar

vuelto, con una doble botonadura dorada, constantemente abrochada de arriba

abajo. Llevaba un sombrero blanco de castor, cilíndrico y alto de copa, con ala

ancha, doblada hacia arriba como la visera levantada de un casco de la edad

media". ¿Qué le parece, señor presidente, este traje, en Montevideo, durante

el sitio? Quien no esté en el secreto de estas supercherías, se imaginará quizá

que cuando Garibaldi usó en Italia la camiseta roja, lo hizo cediendo a las

imperiosas exigencias de un hábito contraído o por llevar sobre su cuerpo un

testimonio patente de sus recuerdos, de su amor al país donde por primera

vez vistiera la camiseta. Pues ya se ve que no fue así. Ni exigencias del hábito,

ni gratos recuerdos aconsejaron a Garibaldi el uso de la famosa camiseta; fue

tan sólo el instintivo recurso de los contrastes llamativos, para despertar la

curiosidad sobre su persona y fijar la atención de las muchedumbres.

Sírvanos este ligero esbozo para seguir a Garibaldi en su poco interesante
carrera, al fin de la cual encontraremos definitivamente acentuados l
os

rasgos característicos de su personalidad, o mejor dicho, el único rasgo

característico de Garibaldi. Afilióse a mediados de 1833 en la "Giovine Italia",

asociación secreta revolucionaria fundada por Mazzini; sorprendida una de

las conjuraciones de la sociedad, sus miembros conocidos fueron condenados

a muerte, entre ellos Garibaldi, quien evitó la pena por la fuga. Hizo un viaje

a Oriente y otro a Túnez, a sueldo de Bey Hussein, que no era ningún liberal,

y en 1836 partió para Río Janeiro. Aquí pensó dedicarse honestamente al

comercio, sin que le inspirasen repugnancia ni la monarquía ni Don Pedro;

pero quiso su destino que Livio Zambeccari, revolucionario italiano de 1823,

secretario a la sazón de Bento Gonçalves, llegara a Río en esas circunstancias.

Las seducciones de la vida aventurera y revolucionaria que aquél le propuso

dieron al traste con los propósitos de lucrar mercando; y pronto, unido a su

amigo Rossetti, Garibaldi fue corsario y revolucionario en el Brasil, buscando

el lucro por otros caminos. Su vida en esta época no ofrece interés: fue vencido

y triunfó, combatió con valor o sin él, alternativa e insignificantemente.

Cansado de aquella campaña, trasladóse a Montevideo, conduciendo una
boyada, de cuya venta esperaba sacar beneficios considerables. Pero por

segunda vez fue su destino encontrar allí otros amigos italianos, Castellini

y Cúneo principalmente, quienes estaban vinculados a los intereses de

Rivera; y por esta razón hízose él también riverista. Sus amigos le procuraron

el mando de una escuadrilla con la cual, valiéndose de artificios de pirata,

forzó el paso de Martín García y navegó hasta Costa Brava, donde libró con

Brown un combate, en que nuestro almirante salió vencedor, combate que

se registra en los anales de la marina argentina con palabras que no honran

a Garibaldi. Insisto en la circunstancia de que tanto en el Brasil como en

Montevideo tomó la dirección que le señalaron sus amigos, no para insinuar

que, si las vinculaciones de aquéllos con los partidos americanos fuera la

contraria, habríamos visto a Garibaldi indiferentemente imperialista en el

Brasil y oribista en Montevideo: no quiero decir eso, aunque fundamentos

habría para ello.

Basta a mi propósito hacer constar que no hay prueba, ni indicio, ni

presunción que permita asegurar que Garibaldi tuviera un concepto

claro de la política de estos países y que por él se decidiera a servir los

intereses que sirvió. La capacidad política de Garibaldi en esa época ha

sido apreciada por el general Mitre, en el escrito ya citado: "Me expuso

brevemente su teoría política dice a propósito de los males que

afligen a la América del Sur, a los cuales no veía más remedio que nuevas

revoluciones para destruir los abusos y nuevas guerras que la purificasen".

Y más adelante: "La impresión que me dejó fue la de una cabeza y un corazón

en desequilibrio... con teorías de libertad exageradas y mal digeridas"...

Un hombre con teorías de libertad mal digeridas y que proclama el estado

perpetuo de revolución y de guerra en América, no tiene en sí mismo los

elementos para usar una frase del general Mitre de juicio que le permitan
apreciar la política americana.

Pero sea de esto lo que fuere, es conveniente tomar nota del juicio que de

él formaron los militares con quienes estuvo en contacto. El general Medina,

jefe a la sazón del ejército del Norte, después de la batalla de San Antonio,

se vio en la necesidad de hacer de modo que Garibaldi pidiera su separación

del ejército y regresara a Montevideo. He aquí en qué términos refiere este

incidente el señor Díaz: "No podía (Medina) convenir en la tolerancia excesiva

que el coronel Garibaldi dispensaba a sus soldados, quienes se entregaban

a toda clase de desórdenes y cuereadas en los ganados, haciendo depósitos

de cueros, sebo y cerdas que vendían o enviaban a Montevideo". La ingénita

incapacidad de Garibaldi para mantener la disciplina en sus tropas ha sido

reconocida por él mismo en sus Memorias. Con ocasión de la llegada de

Anzani a Montevideo, dice: "Repito que fue (Anzani) un verdadero tesoro para

la legión y yo, poco organizador, fui afortunado en tener cerca de mí a aquel
amigo y compañero de armas incomparable". La indisciplina de las fuerzas
de Garibaldi fue notoria siempre:

La toma de Roma por el general Oudinot contra las fuerzas de la República
Romana y el fracaso de la expedición contra Nápoles emprendida en
aquella época por las mismas, fueron atribuidas por Roselli, Pisacane
y otros jueces competentes, entre otras causas, a no haberse cumplido
con puntualidad las órdenes del comandante en jefe Roselli, y sobre todo,
 a la precipitación de Garibaldi. Al terminar la campaña de Lombardía,
el general La Mármora decía: que las tropas irregulares de Garibaldi
causaban más daños al País y a la causa que veinte mil austríacos.

La verdad es que como guerrero no valía nada. Ningún crítico militar
considera sus campañas, no digo como dignas de estudio, pero ni
siquiera como curiosidades que llamen la atención.

Pero dejemos esto de lado y démonos cuenta del estado de ánimo, de las
preocupaciones dominantes de Garibaldi durante su permanencia en la
Banda Oriental. Él mismo nos abre su pecho en una carta que después del
paso de Paysandú escribió a la comisión directiva de la legión: "En todas
partes nuestros soldados (los italianos de la legión) han vencido corriendo
y no han desmentido la fama del cuerpo a que pertenecen.

"Salud en nombre mío a nuestro amigo Bottaro y a toda la legión.
He escrito a Muzzo que venga, y os suplico y os ruego se lo concedáis;
en caso que se decida os recomiendo su familia. Si acaso me hallárais
poco corriente en escribiros, os advierto que os considero como mi
familia y os trato familiarmente: y sois en verdad mi familia política.
Sed para mí vosotros y la legión mi Italia: aquella que me pinta a cada
momento mi imaginación acalorada; bella, grande, como la quisiéramos
todos y por la que todos quisiéramos vivir y morir". Y el general Mitre dice:

"Su sueño (de Garibaldi) era por entonces desembarcar en la Calabria

con su legión de voluntarios, dando la señal de la resurrección italiana".

He ahí, señores, el fondo del alma de Garibaldi. Su preocupación principal —

y para cumplirla lo mismo era el campo riverista que el oribista, la bandera

de la república de Piratinim que la imperial—, su preocupación era formar

un pelotón de soldados aguerridos, adictos a su persona, no por los vínculos

de la disciplina sino por el afecto que une el cliente al caudillo, para ponerse

a la cabeza de él y mover guerra a todo el mundo, como los condottieri

medioevales, con los cuales debía darle un falso parecido aquel "sombrero

de castor blanco, con el ala ancha, doblada hacia arriba como la visera

levantada de un casco de la edad media" que tan graciosamente describe

el general Mitre.

Ser jefe único, personal y absoluto de un pequeño ejército; mandar

dictatorialmente, he ahí el anhelo de su alma, que se despierta en América.

Más tarde se manifestará desembozadamente. En Roma, en los días del

combate con Oudinot, a que antes aludí, visto que Garibaldi andaba remiso

y displicente, Mazzini, el jefe del Triunvirato, le pregunta por escrito: "¿qué

queréis, qué pretendéis?" y él contesta con esta carta perentoria: "Mazzini:

puesto que me preguntáis lo que quiero, os lo diré: no puedo ser útil a la

República sino de dos maneras: o dictador sin control o simple soldado".
Más tarde, al explicar Garibaldi aquellos sucesos, confiesa: "mi idea dominante

era conservar cuatro o cinco mil defensores adictos, que me conocían y que

conocía yo mismo, y que habrían respondido a mi primer llamado".

Helo ahí, señor presidente, a Garibaldi, en el Río de la Plata. ¿Cuáles fueron

los grandes servicios que prestó? ¿Cuáles sus grandes hechos de armas?

¿Cuáles las grandes enseñanzas polí­ticas que legó? ¿En qué circunstancias,

por qué actos demostró su amor a estos países o su consagración a grandes

ideales humanitarios? Estuvo en combates, es verdad, compañero de armas

de otros que luchaban en primera línea; pero, ya sabemos, desde que él mismo

lo dice, que en los campos de batalla del Río de la Plata no se preocupaba ni

de la causa oriental ni de la argentina, ni de Rivera, ni de Oribe, ni de Rosas;

de lo que se preocupaba era de formar hombres adictos a su persona con

quienes pudiera volver a Italia.

Él cumplió su propósito: llevó a su regreso un grupo de legionarios, entre
ellos algunos americanos; llevó los prestigios de supuestas hazañas lejanas
que la imaginación magnifica y que sirvieron de punto de partida a la leyenda
garibaldina. Sea esa su recompensa por su estadía en el Río de la Plata. Y es
sin duda demasiada recompensa para tan pobres merecimientos.

Se aproxima el momento por él ansiado de su regreso a Italia; ya se considera
capaz de figurar en aquella escena: tiene una forzada leyenda; tiene un traje
llamativo; tiene un grupo de hombres adictos, y su indisciplina, su ambición

y su  turbulencia han tomado carácter definitivo en los campos de batalla

americanos, donde nada respetó. Es interesante observar los rumbos que

en este momento toma el futuro héroe de ambos mundos. ¿Con quiénes cree

la Honorable Cámara que trata de ponerse en contacto? ¿Se dirige, acaso,

a Mazzini, con quien había estada antes vinculado? ¿Se dirige, acaso, a los

hombres que figuraban a la cabeza del movimiento revolucionario, al cual se

dice que pertenecía de corazón? No, señor presidente. El prepara su regreso

a Italia poniéndose en comunicación nada menos que con Su Santidad y con

el gran duque de Toscana. (Risas).

Al cardenal Bedini le dirige una carta en que se encuentran las siguientes

expresiones: "Hace algunos días, cuando tuvimos noticia del sacrílego atentado

por el cual una fracción fomentada en el país por el extranjero, que no está aún

cansado de oprimir nuestra pobre patria, se propone subvertir el orden de cosas

actual, nos pareció que la admiración y el entusiasmo por el Soberano Pontífice

eran un tributo muy débil y que era mayor el deber que nos incumbía...

"Y bien: si estos brazos que tienen alguna práctica en las armas son aceptados
por S. S., es inútil decir que los consagramos con el mayor placer al servicio
de aquel que ha hecho todo por la patria y por la iglesia. Nosotros y nuestros
compañeros, cuyas palabras comprometemos, nos reputaremos felices, si se
nos permite ocurrir en asistencia a la obra redentora de Pío IX, y no creeremos
pagar muy caro este honor derramando toda nuestra sangre".

Lamoriciére no habría suscripto una carta que expresase con mayor calor su

adhesión; el mismo nobilísimo Charrete la habría firmado con entusiasmo. Pero,

¡oh entereza de principios y convicciones! Al mismo tiempo que escribía esta

carta a Su Santidad, hacía entender al gran duque de Toscana que esos mismos

abrazos tan noblemente ofrecidos a Su Santidad estaban a disposición del duque...

Zarpa... Buen viento, ¡oh héroe futuro!...

Llega a Italia sin haber tenido noticias de los sucesos en ella ocurridos durante

la travesía; y fue por tercera vez su destino travieso que, en vez de tocar puerto

en Civita Vecchia, para trasladarse a Roma a cumplir el ofrecimiento hecho

a Su Santidad, desembarcará más al Norte, cerca del cuartel de Carlos Alberto...

Pues nada, es lo mismo para el caso, nuestro héroe ofrece su espada y su blusa

roja y los brazos de sus compañeros al mismo rey que persiguió a los afiliados

de la "Giovine Italia". Es tratado con merecida desconfianza y esquivez; pero

como a los grandes hombres no les duelen prendas, se retira y ofrece todo su

conocido caudal al gobierno provisorio de Milán.

Desorientado en medio de los sucesos políticos de Italia, y sin más brújula que su
temperamento esencialmente turbulento y revolucionario, se pone en comunicación
con Mazzini. Es el momento fatal de la República Romana: ya Mazzini es triunviro
con Saffi y Armellini; Garibaldi se insinúa con aquél para que se le ocupe. Es

nombrado jefe de un cuerpo de ejército. Combate, señor, y el cuerpo que comanda

Garibaldi se distingue por los atentados sacrílegos que comete, especialmente en

el Vascello. A esta época pertenecen los juicios antes citados de Raselli que atribuía

a Garibaldi en gran parte la responsabilidad de los desastres sufridos; su contestación

perentoria a Mazzini pidiendo la dictadura y su idea dominante de conservar cuatro

o cinco mil hombres que obedecieran a su llamada. La entrada de Oudinot en Roma

le obliga a salir precipitadamente, y emprende una fuga que sus partidarios han

descripto como una odisea admirable, y por fin, se ve en la necesidad de abandonar

nuevamente a Italia.

En esa circunstancia llégale una carta de Pacheco y Obes, que lo llama al Río de la
Plata. ¿Renació en ese momento en Garibaldi su supuesto amor a estas regiones
donde había recibido una acogida y un trato superiores a sus merecimientos? Pues
no; ¡que sólo renace lo que alguna vez existió! Su conducta en esta circunstancia es
una prueba definitiva. Desatendió el generoso llamado de Pacheco, alegando deseos
de estar más cerca de Italia. ¿Fue siquiera cierta esta excusa? Ya se verá. Prefirió
residir ociosamente en Nueva York, y después marchóse al fabuloso Perú, y luego
a la China . . , para estar más cerca de Italia, sin duda.

Llegado a Lima contrajo relación con un genovés, Don Pedro Denegri, que le
encomendó el mando de un buque destinado a la China, con cargamento de

cereales y plata, para traer en retorno opio y coolies... tristes sustitutos de los

negros en las faenas agrícolas de la costa del Perú; tráfico que nunca fue

considerado como honroso en aquella república.

Después de esta ocupación, Garibaldi regresó nuevamente a los Estados Unidos.
Se demoró allí un corto tiempo, y volvió a Italia, donde, encontrándose con algún
dinero, y teniendo familia, hizo vida de hogar, al parecer despreocupado de la
política. Pero ésas son las apariencias no más, puesto que es cierto que se

ocupaba activamente de desprestigiar a todos los que pudieran hacerle sombra

en el partido revolucionario, a Mazzini, a Roselli y a otros. Llegamos ahora al

momento definitivo, el principio del fin. Entonces Garibaldi, el correligionario

de Mazzini, el asalariado del Bey Hussein, el que había ofrecido su espada

a Su Santidad y al gran duque de Toscana, el que había ofrecido sus servicios

a Carlos Alberto, no tuvo empacho de entregarse incondicionalmente a Giorgio

Pallavicino, a Daniele Manin, a La Farina, los fundadores de la "Societá Nazionale",

cuyo lema era la "Dictadura de la casa de Saboya", y por fin, al habilísimo Cavour.

Yo no creo, señor, que una opinión juiciosa, libre y documentada, aunque sea

adversa a Garibaldi, pueda ser considerada ofensiva por los italianos.

Desde el momento que los merecimientos de aquél, y su figuración han sido
proclamados como universales, él no está amparado por los fueros de las fronteras

italianas, ni nos está vedado discutir su personalidad, tanto más cuanto que el señor

diputado por la capital nos ha provocado a discusión. Pero hay algo que está fuera de

nuestro alcance, que nos está vedado discutir por obvias razones de conveniencia
y de cortesía internacional: me refiero a la política de la casa de Saboya. No la

estudiaré, por digna de estudio que sea. Mi silencio discreto dé testimonio de

mi respetuosa cortesía. Cualquiera que conozca la historia contemporánea sabe

que la obra de la unidad de Italia fue el resultado de la más hábil partida diplomática

que se haya jugado en el mundo.

Cavour fué el Deus ex machina; Napoleón III, la casa de Austria, Lord Palmerston
(y esto explicará al señor diputado la recepción aparatosa que proporcionó a Garibaldi
en Londres) y la naciente Prusia, fueron las piezas que Cavour movía en su tablero,
valiéndose de sus intereses encontrados, de sus rivalidades, desconfianzas,

temores y esperanzas. Gracias a su habilidad y sin comprometer en la partida

más que Niza y Saboya, que fueron la prima pagada a Napoleón, arrojó a los

austríacos de Lombardía y preparó su expulsión del Veneto, arrebató las dos

Sicilias a los Borbón, desposeyó a los duques de la Italia central y a Su Santidad

de los estados pontificios. Y es sorprendente que tan extraordinarios resultados

se alcanzaran con pequeños ejércitos, con pocos gastos y sin más batallas

considerables que Magenta y Solferino, que se cuentan como victorias francesas

más que piamontesas. El estudioso no puede meditar sin cierta estupefacción

y perplejidad esta obra, que es una verdadera creación; porque, en efecto, la

Italia Una es un hecho completamente moderno. Jamás conoció la Historia
un estado italiano coexistente con el territorio que la geografía ha llamado Italia.

Jamás los historiadores anteriores al 70 hablaron como de un hecho político actual
y efectivo de la unidad italiana; ni los pueblos de la península, tradicionalmente

autónomos, aspiraban en verdad a que tamaña novedad se realizase. Así como

jugó su partida Cavour, por un lado en las cortes y con los reyes y los hombres de

estado, asimismo la jugó por otro con los diferentes estados que por unas razones

u otras estaban descontentos de sus respectivos gobernadores. Hábil diplomático,

supo triunfar sobre aquéllos, hábil conspirador, por medio de otros no menos hábiles

que dirigían la "Societá Nazionale", supo levantar algunas masas ignorantes, no en

fuerza suficiente para vencer, a excepción de las de Sicilia; pero, sí, con el aparato,

el ruido y la ostentación necesaria para justificar la intervención de otros poderes.

¿Cuáles?

Ésta era la gran dificultad de la política de Cavour; él supo salvarla. Napoleón, que
quería el derrocamiento de los Borbones de las Dos Sicilias, para colocar en ese

trono un Murat, y el de los duques de la Italia Central, para formar un trono a un

napoleónida cualquiera, consentía de buen grado en las conspiraciones que

aproximaban la realización de sus fines. Pero cuando el Emperador quería meter

la mano en el desenlace para acomodarlo a sus designios, aparecían vetando la

intromisión napoleónica ya los austríacos, ya las prusianos o el más eficaz de todos

los auxiliares de Cavour, Lord Palmerston, que como jefe de la masonería

universal, tenía empeño de sectario en ver realizada la unidad como un medio

de privar al Soberano Pontífice de su poder temporal. Detenido Napoleón y siendo

necesario el asentimiento general de las cancillerías, ¿quién había de intervenir?

El piamontés, pues; y así, presentándose en la hora del desenlace, con un pequeño

ejército, fue cogiendo uno tras otro, la Sicilia y Nápoles y Toscana y Parma, y Emilia

y las legaciones y todos los estados pontificios. Napoleón protestaba, pero no le

quedaba más camino que la guerra; y la guerra premeditada desde entonces fue

para Francia un desastre. Vencida Francia, ¡Su Santidad perdió Roma!... Cavour

no vivió para ver consumada su obra. ¡Oh Cavour! ¡Tu obra y tus medios fueron

de abominación; pero fuiste hábil y las páginas que has escrito en la Historia

serán siempre dignas de estudio, aunque no lo sean de imitación!

Y a todo esto, ¿dónde está Garibaldi? ¡Ah! señor presidente, ¿dónde encontrarle?
¡Abajo, muy abajo, allí donde la blasfemia vocifera, donde el sacrilegio horroriza,
donde la conjuración cubre la tierra de crímenes, donde el sectario sirve como
instrumento a los planes de la "Societá Nazionale"! Acompañó al francopiamontés
en la campaña de la Lombardía contra el Austria, sin que le cupiera el honor de
estar ni en Solferino ni en Magenta. Fue hecho jefe de partidarios o guerrilleros
con el objeto de circunvalar las tropas austríacas y privarlas de recursos. Libró,
es verdad, la batalla de Varese; pero la conducta de Garibaldi fue tal en esas
circunstancias, que el general La Marmora juzgaba, como antes lo recordé,
que eran más perjudiciales las fuerzas irregulares de Garibaldi que veinte mil
austríacos.
Terminó, como se sabe, aquella campaña, en la cual no tuvo más
que esta secundaria participación, por la paz de Villafranca. Y cuando fue
necesario producir el movimiento de las Dos Sicilias preparado por la "Societá
Nazionale", se llamó a Garibaldi, y se le envió a consumar una obra de la que él
jamás se dio entera cuenta.

Infatuado por el éxito obtenido en Sicilia, se creyó con alas para volar solo.
Pasó a Nápoles, y fue detenido en Aspromonte. Tampoco se dio cuenta de este
tirón de atrás. Volvió a aparecer en la Italia Central, moviendo conjuraciones,
hasta que, por fin, vencido por las tropas pontificias en Monte Rotondo, cayó en
manos de los franceses en Mentana. Y aquí concluye su acción militar. He ahí las
campañas en que tomó parte y que dieron por resultado la expulsión de los

austríacos y de los Borbones, y de los duques y la expoliación de Su Santidad.

Ahora bien: decidme con sinceridad, ¿cuáles son las hazañas heroicas de este

militar? Él fue brazo y no cabeza; pero, como brazo, ¿qué hizo digno de alabanza?

¡Marsala! ¡Sicilia! Pero si esa campaña tenía un resultado previsto, preestablecido.

Garibaldi fue allí a cubrir con su irresponsabilidad la responsabilidad de los

verdaderos autores. ¡Aspromonte! ¡Mentana! ¡Bah! Dejemos eso de lado.

Una última observación: decidme, cuando Garibaldi servía a la casa de Saboya
en sus propósitos dinásticos, ¿dónde estaban los principios republicanos
y democráticos de Garibaldi? Cuando Víctor Manuel vio realizadas sus
aspiraciones, ¿pensaba quizá el revoltoso implacable empezar de nuevo la
partida y aplicar personalmente y por su cuenta a la Italia unida y monárquica
el remedio que recetó, según el general Mitre, a Sud América?

Y después de las campañas italianas, ¿a dónde va Garibaldi? Va al congreso de
paz de Ginebra, y allí, el ex campeón de la casa de Saboya, se declara demócrata.
Luego le vemos en Francia, y se hace de la Comuna, y después se afilia en la
Internacional. Riograndense, riberista, papista, toscanista, saboyista, (risas),
de la joven Italia, asalariado del rey, de la Internacional, del congreso de paz,
comunista... ¡Señor Presidente! ¿Qué vértigo arrastra a este hombre? ¡La ley
de su temperamento, que lo domina y gobierna, como domina y gobierna

siempre las naturalezas inferiores!

Garibaldi no era otra cosa que un revolucionario. Y no soy yo el primero en decirlo
y entiendo que tampoco le hago un reproche en el sentir de sus partidarios. No,
señor presidente. Cuando estuvo en Ginebra, La Suiza Radical, uno de los

periódicos que más se distinguió por sus hipérboles laudatorias, decía que el

héroe llevaba esculpido en la frente el genio de la revolución. La Cámara ha

escuchado ya las palabras de Mazzini, que lo conocía a fondo, y han sido citadas

por mi colega, el señor diputado por Buenos Aires, doctor O'Farrell. No digo, pues,

una novedad cuando afirmo que si hay dos cosas sinónimas, son éstas: Garibaldi

y la revolución. Eso, es, señor presidente, Garibaldi, y no otra cosa. Garibaldi no fue

republicano ni demócrata, ni liberal, porque el claro concepto de esos sistemas

y de los principios de que dimanan no cabía en su cabeza, porque carecía

de la cultura necesaria para comprenderlos.

Garibaldi fue un revolucionario y nada más que un revolucionario. Revolucionario
por temperamento; reacio a todo orden, sujeción y freno. En los campos de batalla
no se le ha de buscar donde impera el orden y la disciplina, sino allá donde se
vivaquea en el desorden y en el desconcierto. ¡En los ataques, en los asaltos, no
se le ha de buscar donde se cumplen las reglas y los métodos del arte militar, sino
allá donde reina la licencia, donde se combate entre blasfemias y vociferaciones,
y donde se pueden cometer sacrilegios, si hay iglesias cercanas!

Éste es, señor presidente, Garibaldi. Esto y nada más que esto. Y digo yo: si el
rasgo característico de la persona de Garibaldi es el de un revolucionario —porque
no es otra cosa—, ¿es posible que se pida al Congreso Argentino una estatua para
un hombre cuya significación es ésa? En cualquier otra época, pase tamaña
inoportunidad, señor presidente. Pero en esta época, ¿el Congreso Argentino ha
de acordar una estatua a un revolucionario, nada más que porque es revolucionario?
Y en tal caso, señor, ¿cuál sería la significación de este Congreso?

La presentación de este proyecto para discernir disimuladamente honores
a Garibaldi, su tramitación perentoria y apremiante, la preferencia que se ha
dado a su despacho y algún discurso que hemos oído, me han causado renovadas
sorpresas; porque, ¿cómo es posible que en este recinto haya ambiente propicio
para el garibaldismo, la más exótica de las sectas revolucionarias? ¿Los colegas
a quienes he visto empeñados, y con quienes he colaborado, en el levantado
propósito de hacer prevalecer el principio del orden en medio de las conmociones
de revolución y los peligros de anarquía por que ha pasado el país recientemente,
por debilidad o complacencia, renegarán sus principios, y en un colapso moral,
se prosternarán ante el más plebeyo y vulgar de los ídolos revolucionarios?

¿No se han fijado los autores de este proyecto que ponen al Congreso Argentino
en la más dura de las disyuntivas: negar la estatua, que se pretende debe concederse
por deferencia, o incurrir en una contradicción? ¿Cómo es posible que los mismos
que hace cinco años hemos ido casi a los extremos de la interpretación constitucional
de los poderes del Gobierno para reprimir las revoluciones en el terreno de los

hechos, las dejemos triunfar en el terreno de los principios? Porque eso es lo

que significa el proyecto: un triunfo del espíritu revolucionario en el terreno de los

principios...

Sr. Barroetavena. - ¡Al que le debe todo la República Argentina!

Sr. Gómez (I.). - Señor presidente: me llama la atención que un hombre
ilustrado diga esas cosas. ¿Ignora, acaso, que hace años dijo un insigne orador
francés la palabra definitiva en estas cuestiones?

Sr. Barroetavena. - ¡No se puede condenar el principio! Sr. Gómez (I.). –

¡Oh, el principio! ¡El principio! La libertad no es hija de la revolución. Quizá en
algunos casos por la miseria de las pasiones humanas es necesaria la revolución
para romper las cadenas de los pueblos. Pero, tenedlo por cierto, señores, la

libertad no existe prácticamente, no puede ser la base y el ambiente vivo efectivo

del progreso y de la felicidad de los pueblos, sino cuando éstos han aherrojado

a su vez la revolución que es el más feroz tirano! (Aplausos).

Algunas veces los crímenes de los gobiernos hacen necesario que el pueblo se
arme y alce contra ellos; en tales casos yo bendigo la revolución; ¡per
o maldigo
el empeño insensato de levantar altares en este país al espíritu revolucionario
y de proclamar la revolución consuetudinaria! (Aplausos).

No es por su irreligiosidad notoria que combato a Garibaldi, porque no pasó
de ser un blasfemo y un sacrílego, y como tal sólo merece desprecio. No es por
su supuesto liberalismo; porque en filosofía y en política era un inconsciente,
y como tal sólo inspira compasión. Contemplo a Garibaldi en el rasgo característico
de su fisonomía, como revolucionario contumaz, y como tal le condeno. Le condeno
en nombre de los principios de orden que este país necesita hacer prevalecer,
en todos los momentos, en todos los terrenos y todas sus manifestaciones.

Vuelvo, señor, al punto en que me tomó la interrupción del señor diputado.
Contradicción odiosa e inexplicable fuera que los mismos que hemos reprimido
los amagos revolucionarios por amor a la paz, en bien y por interés del país,
eleváramos, por complacer a un grupo de extranjeros, una estatua a aquel que
recetaba para América el remedio de la revolución y de la guerra constantes.
Contradicción odiosa que sólo se explicaría p
or hipótesis más odiosas aún,
a saber: que la supuesta política antirrevolucionaria, del Congreso no fue tal
política antirrevolucionaria, sino la defensa desleal de las posiciones políticas
y de los beneficios del gobierno de partido; ¡que su conducta no fue inspirada
por el patriotismo sino por la concupiscencia! A menos que se nos considere
bastante estúpidos para ignorar la relación necesaria entre los principios y la
conducta.
No se puede observar una conducta antirrevolucionaria y hacer
prevalecer a la vez principios revolucionarios.

Tal es el significado de la estatua a Garibaldi. ¡Oh, no votéis esa estatua!
Señores: no se puede desconocer la influencia docente de los monumentos
públicos y de las estatuas. Como los grandes y bellos edificios influyen en
el perfeccionamiento del gusto estético, así también las estatuas de los grandes
hombres contribuyen a la formación moral y a la edificación de las generaciones
venideras. Las estatuas de San Martín y de Belgrano no son tan sólo homenajes
de gratitud popular, sino lecciones de virtudes y modelos que el Gobierno ha
propuesto a la imitación de las sucesivas generaciones argentinas, a fin de que,
estimuladas por el ejemplo de aquellos grandes y virtuosos varones, el carácter
nacional se forme a su imagen y semejanza.

Pero decidme, señores; ¿Cuáles son las lecciones que los jóvenes argentinos
recibirán de Garibaldi? ¿Qué elementos puede aportar este hombre a la
formación del carácter nacional? Elementos completamente bastardos,
señor presidente; y yo no puedo consentir sin una enérgica protesta, que se
incorporen en el medio ambiente de mi patria elementos que bastardeen el
espíritu nacional. Se ha presentado la cuestión bajo otro aspecto, como un
homenaje de simpatía, como un testimonio de hospitalidad a la colectividad
italiana; y yo digo que ésta es una manera hábil, pero falsa, de presentarla.
No es la colectividad, no es la totalidad de los italianos, la que pide este alto
honor para Garibaldi; no, señor presidente. Muchos italianos, muy distinguidos,
muy vinculados a este país conozco yo, que están absolutamente descontentos
y confundidos con el proyecto de erigir una estatua a Garibaldi. ¿Por qué

entonces hemos de acordarla si esta estatua es bandera de contradicción

en Italia, es bandera de contradicción entre los italianos residentes en este

país, y si puede llegar a ser bandera de contradicción aun entre los mismos

argentinos?

Pero, señores, si lo que queréis es demostrar vuestra simpatía, la simpatía de
todos los argentinos por los italianos, y por Italia, ¿por qué no aceptáis la idea
del doctor O'Farrell? En ese terreno estaremos todos unidos y el testimonio será
por lo mismo más significativo y más noble. Tomad uno, cualquiera, de los grandes
hombres que personifican el egregio genio italiano y erigidle una estatua; será la
bienvenida, y al pasar por delante de ella todos saludaremos, ¡todos aclamaremos
a Italia! (Aplausos).

Señor presidente: con lo que he dicho he cumplido mi deber de fundar mi voto
en contra del despacho de la mayoría. (¡Muy bien! Aplausos).

 

 

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